viernes, 22 de julio de 2011

Antonieta Madrid


Antonieta Madrid

ANTONIETA MADRID (Valera, Venezuela). Magister en Literatura. Universidad Simón Bolívar (1989). Licenciada en Educación. Universidad Central de Venezuela (1968). Estudios de Doctorado en Ciencias Sociales (FACES/UCV). Escritora becada por The University of Iowa. School of Letters. International Writing Program. Título de Honorary Fellow in Writing (1970). Ha publicado: Nomenclatura Cotidiana (Edición bilingüe). Título en inglés: Naming day by day. Art and Poetry Editions, New York, 1971; Reliquias de Trapo (relatos). Monte Avila, 1972; No es Tiempo para Rosas Rojas (novela). Monte Avila, 1975, 1983, 1993, 2005... Traducida al Griego Moderno (Den einai kaipos gia kokkina tpiantafylla). Publicada en Nea Estia (1982) y en Ifilon/Biblia (1984); Feeling (relatos). CADAFE, 1983 y Caja Redonda, 1997. Finalista en el Concurso de El Nacional, 1971; Lo Bello/lo Feo (ensayos). Academia de la Historia, 1983; La Ultima de las Islas (Antología de relatos). Monte Avila, 1988; Ojo de Pez (novela). Planeta, 1990; Novela Nostra (ensayo). FUNDARTE, 1991; El Duende que Dicta (ensayos breves sobre el acto de escribir). Caja Redonda, 1998; De Raposas y de Lobos (novela). Alfaguara, 2001; Al Filo de la Vida (relatos). Bid & Co. Editor, 2004. A lo largo de su carrera literaria ha obtenido numerosos premios y reconocimientos, entre éstos: Premio Latinoamericano de Cuento del INCIBA (1971); Premio Municipal de Literatura del Distrito Federal (1974); Premio Único Bienal de Literatura “José Rafael Pocaterra” (1984); Premio de Ensayo FUNDARTE, 1989. Ha quedado Finalista (entre diez novelas) del Premio Internacional de Novela “Rómulo Gallegos (1991). Ha sido Profesora (Ag.) en la Escuela de Letras de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB); en la Cátedra de Estudios Latinoamericanos Andrés Bello. University of the West Indies. Cave Hill Campus. Barbados y Jefe del Taller de Narrativa del CELARG. Ha desempeñado cargos diplomáticos en las Embajadas de Venezuela en Argentina, Grecia, RP China, Polonia y Barbados, y en el Servicio Interno de la Cancillería Venezolana, como Ministro Consejero. Sus obras, traducidas a varios idiomas, forman parte de diversas antologías y son ampliamente estudiadas en las universidades nacionales y del exterior, dando origen a numerosas Tesis de Grado y Postgrado.




El entierro.

Se lo dije a Lourdes, que no fuéramos al cementerio. Era suficiente con haber ido al velorio, casi toda la noche, como hasta las tres de la madrugada, repartiendo consomé y café colado y consolando a la señora Elsa: que quién lo iba a pensar que tantos años de cárcel lo habían liquidado y lo soltaron casi muerto, porque nomás hace un año que salió y, puro enfermo, todo el tiempo que no volvió a levantar la cabeza y ahora vienen, y lo matan en plena calle, como a un perro; que si era un bachaco , era un bachaco trayendo comida para la casa y el flaco, dándome codazos, diciéndome que sí, que era un bachaco cargando para la casa la comida que había que mandar para arriba y que así, quién no iba a ser bachaco, y yo: cállate, que se van a dar cuenta, y el Flaco que si cuando a Emilio le tocaba lo de la comida era peor, aunque no la llevaba para la casa, porque no tenía familia, fue y puso una pulpería en la carretera y para la montaña lo que mandaba era sobrantes, y siempre es así con la gente, y yo que te calles, no me hagas reír. La casa llena de gente, muchos más que la noche anterior. Fueron llegando carros y carros que la gente ya no cabía dentro de la casa, ni en el porche, ni en el patiecito, ni en el jardín… se fueron saliendo para la acera… Ya había como media cuadra de gente, y aquel solazo, y fueron llegando más carros, unos hombres muy distintos que no parecían camaradas y como que allí nadie los conocía porque no saludaban, puro haciendo venias con la cabeza, se lo dije a Lourdes: ésos no son de los nuestros, yo los huelo a policías y a éstos los capté al vuelo, y Lourdes que me callara que si iba a empezar con la paranoia y que a lo mejor eran amigos de los amigos, o de la familia. Llegó el momento de sacar la urna y la señora Elsa: No me lo lleven, no me lo lleven, no me lo lleven todavía y los camaradas más cercanos a la familia: Trate de tranquilizarse doña. Las hijas llorando durísimo, una de ellas que era del Fermín Toro con toda la delegación del liceo que pasaba en fila india dando el pésame y viendo el cadáver por el vidrio. Llegaron y le pusieron la tapa y dijeron que ya era hora de sacar el cajón y que se llevaran a la señora Elsa para el cuarto que ahora sí que ya no podían esperar más que ya eran como las cuatro y media y de aquí a que llegaran al cementerio se iba a hacer muy tarde, que era mejor apagar las velas eléctricas porque a la hora de sacar al cadáver iba a haber mucho calor y ya el calor era irresistible, no se aguantaba. Me salí para el patiecito y allí lo mismo, aquel gentío aglomerado que no había por dónde caminar y un calorón insoportable. Empezaron a moverlo todo, la señora Elsa ya estaba más tranquila, sería por las pastillas que le dieron para calmarla. Lo sacaron y lo llevaron hasta el carro de la funeraria y lo metieron y lo llenaron de coronas y empezaron a movilizarse los carros y los hombres medios raros que habían llegado también se fueron, todos iguales. Parecía una comparsa, todos de anteojos, se fueron yendo en distintos carros y Lourdes: vamos, y yo: Mejor vamos a la casa primero a llevarle las medicinas a Veruskita que está tan mal de la bronquitis, mamá está esperando por las medicinas que es urgente y Lourdes cómo crees que voy a hacer eso, tenemos que cumplir hasta lo último, y yo: Ahora volvemos, pero vamos primero a llevarle la medicina a Veruskita y quién se va a dar cuenta, entre tanta gente que nosotros no estamos y Lourdes: Ahora, cuando salgamos del cementerio, le llevamos la medicina… de aquí a Los Chaguaramos nos queda más cerca el cementerio y Vámonos ya, nos dice el flaco y Lourdes que si que cómo no. En lo que vamos saliendo viene una señora toda de negro, llorando, los ojos hinchados, coloradísimo: ¡Llévense estas coronas, jóvenes! Para que no se pierdan, y el Flaco, Lourdes y yo nos cargamos de coronas y vamos a salir y la vieja que vuelve con dos jovencitos, sus sobrinos, que también eran sobrinos del finado, y nos dice: Llévenlos ustedes que ellos no tienen carro. Al fin salimos a la calle… ya la cuadra estaba despejada de carros. Nos montamos en el vauxhall, Lourdes manejando, el flaco y yo adelante, los camaraditas atrás parapetados entre las coronas, todo el vidrio de atrás tapado de flores. Nos fuimos siguiendo la gran cola del entierro, junto con la cola de Las tres gracias, que a esa hora era insoportable. La cola casi no caminaba, nosotros sudando dentro del carro, lo único bueno era el olor de las flores.  Poquito a poquito fuimos saliendo, agarramos la rusbel, poco a poco, hasta el Cementerio General del Sur. Ya estaban todos allí cuando llegamos nosotros, había un gentío y ese agite alrededor del hueco porque en ese momento estaban dejando caer la urna y el delegado de la UCV daba el discurso de homenaje póstumo a Nuestro Camarada Muerto en la Lucha y en lo que termina el discurso comienzan los de más atrás a cantar el belachao. Ahí fue cuando se armó el zaperoco, y empezaron a llegar las patrullas, y las jaulas y se bajaron los policías que venían dentro de las patrullas y las jaulas y otros salían de entre la misma gente del entierro. Eran los mismos que estaban en la casa. Empezaron a agarrar gente para meter entre las jaulas, y plan con todo el mundo, y esa corredera. En eso veo que agarran al flaco y le dan tremendo planazo que lo doblan, lo empujan y se lo llevan. Aparece Lourdes que se había perdido con el agite y me dice: Corramos, y arrancamos a correr, pero uno de los hombres de la comparsa nos puso el ojo, y salió a perseguirnos, y Lourdes: Corre, y yo: No puedo, se me zafó el tacón, estaba paralizada del susto, le doy a Lourdes la cartera: Toma para que le lleves la medicina a Veruskita. Lourdes se perdió con dos carteras, y el dige que me alcanza y me lanza un planazo que me cimbra y casi no puedo caminar del dolor en la cintura como si me hubieran echado agua caliente, las caderas dormidas, como un hormiguero por la piel y el dige que me agarra por un brazo, me arrastra a la patrulla, casi no podía caminar por lo  del tacón y ahí me meten con otras mujeres, que estaban cantando todavía el belachao, y el dige les dice: Ahora es que van a cantar sabroso, cuando estén encerradas. Una de las muchachas era del Fermín Toro y arranca la patrulla y las mujeres: belachao, belachao, belachao, y nos traen hacia Los Chaguaramos, hasta Las Brisas. Nos meten por un pasillo angosto, hasta una sala, nos ponen en fila junto con los que iban llegando, unos cincuenta en total, y uno de los diges nos dice: identifíquese. Era uno de los hombres que estaban en la casa y yo: sí, ya veo que eran digepoles, y no está Lourdes aquí para que vea que sí era verdad lo que yo le decía y que no era que estaba paranoica como ella me dijo, sino que los tipos eran sospechosos de verdad. Me llega el turno a mí, y el hombre: Su cédula, y yo: No tengo cédula. Con que indocumentada, me dice él, y yo: Los Chaguaramos, avenida Las tres gracias, y el hombre: Ésta lo que está es vacilando, Y ya nos vas a decir todo lo que sabes, y Llévense a ésta a Reseña y me llevan a reseña, me sientan en una silla, me ponen en frente las máquinas fotográficas, los flashes me encandilan; me retratan de frente, de perfil. Ahora las huellas, como si fuera a sacar la cédula de identidad. Cómo se llama, me dice, y yo: Mariana Mariana qué, me dice el hombre y yo: Núñez. No sé cómo se me ocurrió este nombre, y el tipo que si la dirección y vuelvo a dar la dirección del muerto y les pido permiso para usar el teléfono, para llamar a un familiar y ellos: No, que no se puede, y aquí me tienen hace más de cuatro horas, en una banqueta de palo, sentada sin poder dormir, dizque en observación. A los demás ya los pasaron a las celdas, o los soltaron porque ya no hay nadie aquí, sino dos muchachas que acaban de traer del Simón Rodríguez. Estas son titiriteras, dijo el que las trajo, y las mandó a sentar en la misma banqueta en que estoy sentada. Una de ellas me sonríe, yo me quedo seria y la miro queriéndole decir con los ojos que no es por nada, sino que no conviene que aquí sepan que nos conocemos de la universidad, y el dige, con cada ojo como una parapara vigilándonos y ellas como que entienden y me ofrecen cigarros, yo les acepto, el dige nos enciende los cigarros, el muy desgraciado. Ya son las cinco de la madrugada y nosotras sentadas, mejor clavadas, en esta banqueta tan dura, yo sin poder dormir del dolor tan grande de la hinchazón que se me va extendiendo por toda la espalda, hacia abajo, por las piernas y todo por Lourdes, por no hacerme caso cuando le decía que le fuéramos a llevar la medicina a Veruskita.

Referencias
Madrid, A. (2007). Reliquias de trapo. Caracas: Monte Ávila Editores   Latinoamérica.

1 comentario:

  1. maravilloso retrato de la represión, no cambian los méto dos ni los procedimientos... el poder es el mismo

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